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lunes, 12 de enero de 2015

ILUSIÓN, AMBICIÓN E INTENSIDAD. MANUEL SERRANO


En la década de los noventa, un joven y brillante investigador español llegó al laboratorio de Cold Spring Harbor, por entonces comandado por un peso pesado de la Biología Molecular. Se trataba del descubridor de la doble hélice, James Watson. Al poco tiempo de estar allí colaboró en uno de los descubrimientos más sobresalientes en la historia de la investigación sobre el cáncer: p16, un gen supresor de tumores. Este hecho llamó la atención de la comunidad científica internacional y desde entonces la carrera de Manuel Serrano no ha hecho sino cubrir las expectativas que iba creando. En la actualidad dirige el grupo de Supresión Tumoral del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) y sus contribuciones a la Ciencia no dejan de crecer. Hoy tengo el honor de contar con él en este blog para hablar de cáncer y del estado de la investigación en nuestro país.

 

 
 José Antonio Garrido (JAG). Buenos días, Manuel. Es un honor poder hablar con usted de Ciencia, así que muchas gracias por la oportunidad que me brinda. A día de hoy, usted es el director del Programa de Oncología Molecular del CNIO (Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas), pero para llegar hasta aquí ha recorrido un largo camino y conocido varios laboratorios en distintos países. En uno de ellos, en Estados Unidos, tuvo la oportunidad de publicar uno de los descubrimientos más importantes llevados a cabo en relación al cáncer. En este artículo se ponía de relieve la importancia del gen p16 en la protección frente a la enfermedad. ¿Podría explicarnos en qué consiste esta acción y cómo es llevada a cabo en el organismo?

Manuel Serrano (MS). El gen p16 es uno de los genes más intrigantes del organismo pues es el único gen implicado en muchas enfermedades muy diferentes (cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, Alzheimer y varias otras). En un meta-análisis sobre genes y enfermedades, el gen p16 destacaba sobre cualquier otro con gran diferencia por su implicación en tantas y tan diversas enfermedades.

Bioquímicamente, se entiende bastante bien cómo funciona p16. Básicamente se une y bloquea uno de los motores de la proliferación celular (la quinasa llamada CDK4). En el caso del cáncer es fácil entender que p16 sea un freno y proteja del cáncer. En un terreno más especulativo, es posible que un aspecto agravante de muchas enfermedades sea un exceso de proliferación celular y en este sentido el poner freno a la proliferación celular podría ser la explicación del papel de p16 en tantas enfermedades.

Aún queda por explicar cómo se regulan los niveles de expresión del gen p16 pues parecen activarse en respuesta a casi cualquier alteración de la homeostasis celular. Aquí radicaría su importancia; ha de ser un sensor de que algo en la célula va mal y hay que evitar que prolifere.

 

JAG. Otro gen supresor de tumores muy bien conocido y con el que usted ha trabajado es p53. Si el silenciamiento de este gen está involucrado en la aparición del cáncer, es lógico pensar que su sobreexpresión en un organismo vivo lo protegerá frente a la enfermedad. Ése fue el planteamiento de partida de su grupo cuando decidieron crear ratones transgénicos a los que llamaron super-ratones. ¿Cuáles fueron las conclusiones de este proyecto? ¿Se confirmó la hipótesis de partida? ¿Tiene algún otro tipo de consecuencias (positivas o negativas) para los ratones expresar el gen p53 por encima de sus niveles habituales?

MS. Expresar p53 a niveles exageradamente elevados o de manera descontrolada es perjudicial. Sin embargo ligeros aumentos en los niveles de p53 son muy beneficiosos, no sólo para proteger del cáncer sino en general para varias enfermedades. Es la misma idea que en el caso de p16. Tanto p16 como p53 son genes que detectan “alteraciones” generales en el equilibrio celular. Estas alteraciones pueden dar lugar a cáncer o a envejecimiento o a alguna otra patología; la función de p16 y p53 es evitar que las células proliferen cuando las cosas van mal.

 

JAG. En la actualidad se acepta que existen más de doscientos tipos distintos de cáncer, aunque hay quien defiende que el número es mucho mayor. En este sentido, usted mismo ha dicho en alguna ocasión que el cáncer podría tener consideración de enfermedad rara ya que es difícil encontrar dos tipos de cáncer exactamente iguales. Y lo que diferencia a unos de otros son, básicamente, los genes que se expresan y que se silencian en cada caso. Por ello, desde el nacimiento de la secuenciación masiva de ADN, secuenciar lo que se dio en llamar “el Genoma del Cáncer” se convirtió en una prioridad para así establecer el conocido como Atlas del Genoma del Cáncer. ¿En qué consiste este proyecto? ¿En qué punto se encuentra en la actualidad?

MS. Hay unos 200 tipos de cáncer según su tipo histológico (su apariencia al microscopio), pero genéticamente cada cáncer es único y, más aún, dentro de cada cáncer co-existen variantes diferentes. El Atlas del Genoma del Cáncer (TCGA o The Cancer Genome Atlas) es la contribución americana al Consorcio Internacional para la Secuenciación del Cáncer (ICGC o International Cancer Genome Consortium). El TCGA se considera terminado pues ha cumplido todos sus objetivos. El ICGC está parcialmente terminado, ya que lo está en algunos países. Es un orgullo para la ciencia española que nuestra contribución (dirigida por Carlos Lopez-Otin y Elías Campo) se terminó dentro de los plazos y con brillantes resultados. Ahora se está pensando en una segunda fase que consistiría en poder predecir qué mutaciones son las importantes y qué tipo de resistencias a fármacos pueden encontrarse.

 

JAG. En el año 2012 el científico japonés Yamanaka recibió el Premio Nobel de Medicina por conseguir reprogramar células adultas in vitro. Un año después usted lo consiguió en una serie de experimentos realizados in vivo (con ratones), que le valieron la consideración de avance científico más relevante del año por parte de la revista científica Nature Medicine. ¿En qué consiste la reprogramación celular? ¿Qué beneficios en nuestro día a día pueden aportarnos estos logros?

MS. La reprogramación celular nos permite cambiar la función de una célula a voluntad. Cada tipo celular tienen un programa de actividad genética distinta (unos genes están apagados y otros encendidos, y es esta combinación la que hace tan distintas una célula de la piel, o del cerebro, o del pulmón, etc.). Poder cambiar este programa de actividad genética implica que a partir de las células que se obtienen de la raiz de un pelo se pueden obtener, por ejemplo, neuronas; algo impensable hasta hace pocos años. Estas neuronas podrían servir, por ejemplo, para tratar una enfermedad neurodegenerativa, y el paciente sería tratado al fin y al cabo con sus propias células (del pelo convertidas en neuronas). Parece magia, pero gracias a Yamanaka es una realidad.

 

JAG. En cierto sentido, podríamos decir que en la aparición de un tumor se da una reprogramación celular ya que unas células que estaban “predestinadas” a actuar en un sentido, de repente, y sin saber muy bien por qué, deciden cambiar su destino para actuar de un modo distinto. Si aceptamos que esto es así, ¿podríamos utilizar los procesos controlados de reprogramación para revertir esta situación y anular la formación del tumor? Si lo hiciéramos, ¿conseguiríamos que el cambio fuera completamente estable en el tiempo o sería posible que al final esa célula volviera a convertirse en cancerígena?

MS. Este es un razonamiento muy acertado y muchos pensamos así. Sin embargo todavía nadie ha demostrado que activar la reprogramación descubierta por Yamanaka sea capaz de revertir un tumor. Es algo en lo que precisamente estamos trabajando.

 

JAG. En el año 2006 usted recibió el Premio Banco Sabadell a la Investigación Biomédica. Este premio se concede a científicos menores de 45 años que deciden trabajar en España. ¿Cree que son necesarias medidas como ésta para recuperar a los jóvenes investigadores que han dejado nuestro país por la actual situación económica y que han seguido formándose en el exterior?

MS. Creo que como en toda actividad humana es importante que haya estímulos y reconocimientos. Para recuperar la ciencia española hace falta mucho más que premios, principalmente un compromiso político para mantener la inversión con criterios de calidad.

 

JAG. Habla de “recuperar la ciencia española”, por lo que supongo que piensa que ésta ha dejado de ocupar el lugar que en algún momento ocupó. ¿Es así? ¿Estamos peor que hace unos años respecto a lo que se hace y se hacía en otros países? ¿Cuál cree que es el estado general de la ciencia en nuestro país? ¿Y la consideración de los científicos españoles en el exterior?

MS. Ciertamente, la ciencia española ha dejado de crecer al ritmo que lo hacía; las consecuencias se notarán en unos años. Hay signos de que la actividad vuelve a recuperarse por lo que esta parada se traducirá, espero, en un escalón transitorio y no en una larga meseta. Lo más grave ha sido la imposibilidad de atraer talento durante la crisis, especialmente talento joven. Recuperar esta capacidad de atracción que España tuvo durante los años previos a la crisis es esencial, y no me refiero sólo a talento de origen español, sino a talento internacional en general. Creo que la ciencia española tiene una buena consideración internacional, somos una comunidad relativamente pequeña en tamaño, pero de calidad alta (no diría excepcional pero sí alta). En esto de los rankings la ciencia se parece mucho al deporte, hace falta una base amplia de deportistas para tener figuras mundiales, los "Rafael Nadal", por poner un ejemplo, no salen por casualidad, y la ciencia española es todavía de un tamaño modesto. Se suele poner la mirada en el sector público, pero la realidad es que el sector público español es relativamente generoso con la ciencia, lo que falla clamorosamente en España es que el sector privado no ve la ciencia como fuente de riqueza, y esto es una barrera que entre todos tenemos que cambiar. Soy optimista y con los años veo signos positivos también en este sentido.

 

JAG. Usted mismo, como decía al principio, ha trabajado en distintos laboratorios lejos de nuestras fronteras, sobre todo en Estados Unidos. Unos de estos laboratorios, el Cold Spring Harbor, a su llegada estaba dirigido, nada más y nada menos, que por James Watson, el codescubridor de la estructura en doble hélice del ADN. ¿Cómo valora esta experiencia? ¿Considera que su formación como científico no sería completa sin las estancias de las que ha tenido la oportunidad de disfrutar en el extranjero?

MS. Sin duda, trabajar en un sitio de élite me abrió los ojos y cambió mi manera de entender la investigación. Desde entonces he intentado trasladar a mi entorno la ilusión, ambición e intensidad con la que se vive la investigación en un sitio como Cold Spring Harbor Laboratory. Es una experiencia que recomiendo a todos los que se quieren dedicar a la investigación científica.

 

JAG. Como otros grandes científicos españoles, usted es investigador del programa de Ciencia de la Fundación Botín. ¿Qué caracteriza a este programa? ¿Qué tipos de proyectos desarrolla en él?

MS. Es un privilegio tener el mecenazgo de la Fundación Botín (FB). La FB financia parte de mi investigación y pone muchos recursos de personal especializado para intentar convertir nuestros descubrimientos en valor industrial y comercial. Hay que pensar que llevar los avances del laboratorio a la sociedad es algo tremendamente incierto y costoso. Es algo que sólo las grandes empresas pueden hacer, y que sólo lo hacen si hay un posible beneficio. Para conseguir la atención de estas grandes empresas hay que dar pasos adicionales que no solemos dar y que son los que la FB nos ayuda a dar. Nada puede hacer mayor ilusión a un científico que el contribuir a mejorar en algo la vida de las personas.

 

JAG. Por último, querría pedirle una recomendación. ¿Podría aconsejarnos un libro, con temática científica o no, que crea que no deberíamos dejar de leer?

MS. La doble hélice de James Watson, quizás uno de los descubrimientos más importantes de la humanidad que fue hecho de la manera menos elegante posible, con muy poco trabajo, con más intuición que rigor, casi por chavales un poco gamberros y muy informales, dispuestos a todo, incluso alguna zancadilla, con tal de conseguir ser los primeros. Es una buena manera de entender que la ciencia la hacen personas normales con grandezas y defectos!

 

Muchas gracias por su tiempo y su atención. Ha sido un auténtico placer.

lunes, 20 de octubre de 2014

VOY A HABLAR DE LA ESPERANZA. CARLOS LÓPEZ-OTÍN.


No es inusual que investigadores y profesores que en su día optaron por la opción científica o técnica sean humanistas convencidos. Entre ellos es fácil encontrar a grandes y profundos lectores. Pero un paradigma singular lo representa Carlos López-Otín. A este bioquímico oscense, amante de la obra de Borges, discípulo de Eladio Viñuela y catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo, su extenso bagaje científico y la lista de los premios que reúne no le hacen perder los pies del suelo. De gesto amable y discurso calmado, afirma que lo que verdaderamente valora es el aprecio de sus discípulos y el respeto de sus colegas. Guarda como oro en paño un verdadero tesoro literario que nos desvelará en esta entrevista en la que además desgranará por dónde discurren los cauces de su investigación. Es académico de número de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y pasea con admiración por la ficción de Saramago o Eduardo Galeano. Para mí, es un placer contar con su lucidez y su generosidad en este blog y en esta entrevista que hoy lleva su nombre.






José Antonio Garrido (JAG). Buenos días, profesor. Es un placer poder hablar con usted. Uno de los científicos más reconocido a nivel internacional y más respetado. Su laboratorio, a grandes rasgos, trabaja en tres líneas de investigación distintas. La primera de ellas relacionada con el cáncer, la segunda, con el envejecimiento y la tercera, con el análisis funcional del genoma. Comencemos hablando de la primera: el doctor Joan Massagué ha afirmado recientemente que antes del año 2050 el cáncer estará controlado. Y esto es así, según su criterio, porque para entonces conoceremos con precisión las bases moleculares del proceso de metástasis. ¿Considera usted que con eso bastará? ¿Se siente capaz de elaborar una predicción más optimista aún? ¿Estamos realmente tan cerca de acabar con ese gran enemigo que es el cáncer?

Carlos López Otín (CLO). El cáncer es una enfermedad muy diversa y compleja, que nos ha acompañado desde el principio de nuestra historia como especie, ya que es consustancial al desarrollo evolutivo de organismos pluricelulares como nosotros. Por tanto, creo que no desaparecerá nunca y siempre habrá tumores malignos, que no tendrán una forma única de curarse sino maneras muy distintas que dependerán de las diversas alteraciones moleculares presentes en cada tumor de cada paciente. De hecho, la investigación oncológica actual lo que persigue precisamente es encontrar soluciones particulares para los distintos tumores y especialmente frente a aquellos que hoy todavía son incurables. El progreso es continuo, algo parecido a una lenta marea creciente de conocimiento que poco a poco se va convirtiendo en aplicaciones clínicas, pero no creo que se pueda hablar nunca de un control absoluto de todos los tumores.

 
JAG. Cuando en 1990 echó a andar el Proyecto Genoma Humano, la predicción era que el primer borrador de ese mapa de la vida que es nuestro genoma estuviera listo en un plazo de quince años, tras la inversión de más de 3000 millones de dólares. Hoy en día, con la tecnología con la que contamos en los laboratorios de biología molecular, podemos secuenciar el genoma de una persona en unos pocos días y por un precio que ronda los 1000 dólares. Este cambio tan brutal nos permite abordar proyectos tan ambiciosos como el Proyecto Internacional de Genoma del Cáncer, en el que usted participa, concretamente en el apartado de secuenciación del genoma de la leucemia linfática crónica. ¿Nos podría explicar en qué consiste este proyecto?

CLO. El cáncer surge de la acumulación de daños genéticos y epigenéticos en nuestro genoma. Para conocer con precisión la naturaleza y la magnitud de esos cambios, el mejor camino que hoy ofrece la Ciencia es la secuenciación del genoma completo de cada tumor de cada paciente. Con este fin, se creó en 2008 el Consorcio Internacional de los Genomas del Cáncer (ICGC) en el que investigadores de distintos países, con una importante participación española coordinada desde la Universidad de Oviedo y el Hospital Clínico de Barcelona, abordamos la tarea de descifrar el genoma completo de al menos 500 genomas tumorales de pacientes con cada uno de los tipos de cáncer más frecuentes. En nuestro caso, el proyecto se ha centrado en la secuenciación del genoma de enfermos con leucemia linfática crónica, la más frecuente en el mundo occidental. Los resultados de este proyecto que esperamos completar en los próximos meses, sumados a los de proyectos equivalentes sobre otros tumores, desarrollados en distintos países, permitirán disponer de una información fundamental acerca del paisaje genético del cáncer. En cualquier caso, este trabajo de secuenciación genómica sólo representa una etapa inicial que habrá que completar con estudios funcionales que permitan definir cuáles son las mutaciones impulsoras o conductoras de la transformación maligna y cuáles son meras acompañantes del proceso. También hay un largo camino por delante en la traslación hacia las aplicaciones clínicas de todo el conocimiento genómico generado.

 
JAG. Aunque parezca mentira, trabajar investigando con genes relacionados con el cáncer le llevó a enrolarse en un proyecto que resultó bastante mediático como fue el de la secuencia del genoma del chimpancé. Una de las conclusiones más llamativas de este proyecto, para la opinión pública, fue la que indicaba que la similitud entre el genoma humano y el del chimpancé era de, en torno, al 99%.  Lo que pasa es que hoy sabemos que la densidad de genes en los 3000 millones de nucleótidos que contiene el genoma es muy pequeña; en torno al 1,5%. Además, del resto de ADN, sólo menos de la mitad corresponde a ADN relacionado con genes. Y también sabemos que la presión evolutiva que ha sufrido una u otra parte de nuestro genoma no es la misma. Así, la pregunta es: ¿esas diferencias que se encuentran al comparar nuestro genoma con el del chimpancé están repartidas por igual a lo largo de toda la estructura primaria de nuestro material genético o es mayor en unas zonas que en otras?

CLO. Los primeros análisis comparativos entre el genoma humano y el de otros primates como el del chimpancé se centraron en las regiones codificantes de proteínas, y ésta fue precisamente la contribución de nuestro laboratorio a este fascinante y emocionante proyecto. Lo que se pretendía era definir las funciones génicas que se han adquirido, modificado, o incluso perdido durante nuestra propia evolución. Los resultados de estos análisis llevaron a concluir que, más allá de unas pocas e importantes diferencias en genes concretos, cambios en regiones reguladoras y en genes no codificantes de proteínas, podían contribuir al desarrollo de organismos tan próximos y a la vez tan diferentes en morfología, susceptibilidad a enfermedades, capacidades y comportamiento como los humanos y los chimpancés. Lógicamente estas diferencias genómicas no están distribuidas aleatoriamente en todo el genoma, y un reto actual de la investigación en este campo es definir con precisión la naturaleza y función de esos cambios reguladores que nos ayuden a encontrar nuevas claves para abordar una pregunta compleja con respuestas todavía  lejanas: ¿qué nos hace humanos?

 
JAG. Pasemos ahora a hablar del envejecimiento. Recientemente usted ha publicado que ya se conocen las nueve alteraciones moleculares que han de producirse para que un individuo envejezca. Podríamos decir que las primeras cuatro se dan a nivel primario en el genoma, el epigenoma, los telómeros y en la eliminación de proteínas, mientras que el resto se producen en respuesta a todo lo anterior, dando como resultado la “rendición” final del organismo. ¿Podemos pensar que conocido el problema, la solución se halla más próxima? ¿Es posible que en breve seamos capaces de trasladar el umbral de la muerte hasta puntos que hoy nos resultan inimaginables?

CLO. Tras leer Los viajes de Gulliver, El retrato de Dorian Gray, o El Inmortal de Borges no creo que tenga mucho interés perseguir la inmortalidad, ni siquiera buscar ningún elixir de eterna juventud. Afortunadamente, hoy, el estudio del envejecimiento se está abordando con una nueva perspectiva científica, evitando toda banalización y tratando de entender los mecanismos que subyacen al desarrollo de un proceso natural y universal en los humanos, aunque no en todos los seres vivos. Precisamente, nuestro reciente trabajo sobre las claves del envejecimiento publicado en Cell ha representado un esfuerzo integrador de teorías y resultados experimentales, con el fin de crear un marco de discusión para futuras iniciativas de intervención sobre el proceso de envejecimiento. Creo que en un tiempo no muy lejano, alguna de las estrategias propuestas de intervención sobre la senescencia celular ayudará a extender la longevidad con buena salud. En cualquier caso, en nuestro laboratorio y en este ámbito científico, ahora mismo tenemos otras prioridades, incluyendo la búsqueda de tratamientos para enfermedades tan devastadoras como los síndromes de envejecimiento prematuro o acelerado. 

 
JAG. Usted ha dicho en alguna ocasión que “el envejecimiento es un hecho evolutivamente inexorable, pero la longevidad es plástica”.  Pero, ¿dónde entra en juego la calidad de vida? ¿Es previsible la aparición de nuevas enfermedades relacionadas con esta longevidad dilatada? ¿Exigirán estos nuevos límites unas drásticas transformaciones sociales en el mundo desarrollado?

CLO. Vivir más sin vivir mejor no tiene ningún sentido. En mi opinión, todas las intervenciones científicas que se planteen en torno a la extensión de la longevidad deben tener como premisa fundamental mejorar la calidad de la vida y afrontar sin tregua la búsqueda de soluciones frente a las enfermedades que la comprometen. Generalmente, el progreso científico suele ir bastante por delante del progreso social, por lo que se requiere educación y formación, para que después la Sociedad pueda tomar decisiones sobre bases sólidas y bien informadas. Por eso, no es admisible decir que como soy de Letras, no quiero saber en qué consiste la reprogramación celular, la clonación terapéutica o la edición genómica. Sin duda, hoy, todos debemos ser al menos un poco de Ciencias, y asumir que disciplinas como la Biología Molecular están llamadas a ser una de las Humanidades del siglo XXI.

 
JAG. La tercera de las líneas de investigación en las que trabaja su grupo, como hemos avanzado, está relacionada con el análisis funcional de genomas. ¿Nos podría explicar en qué consiste esto, exactamente?

CLO. El genoma de cada una de nuestras células está construido por más de 3.000 millones de piezas que llamamos nucleótidos y que contienen información para hacer posible cada instante de vida en cada organismo. Hoy, a través de potentes y eficaces métodos bioinformáticos, podemos identificar las regiones del genoma que portan información correspondiente a genes, tanto los que codifican proteínas como los que codifican RNA. Pero en muchos casos no sabemos absolutamente nada acerca de la función de esos genes cuya existencia se predice a través de la informática. Asimismo, el conocimiento de las regiones del genoma que regulan la actividad de los genes, es todavía muy limitado. En nuestro laboratorio prestamos mucha atención al estudio de estos aspectos funcionales en los genomas que estudiamos, ya sea el genoma humano, los genomas del cáncer o los de organismos modelo de investigación biomédica. Para ello utilizamos fundamentalmente aproximaciones bioquímicas y genéticas, incluyendo la generación de animales modificados genéticamente que nos ayudan a elaborar hipótesis acerca de la función de distintos elementos del genoma.  

 
JAG. Se lleva tiempo hablando de la medicina personalizada y de cómo el conocimiento del genoma puede conducir a un diagnóstico y tratamiento más rápido y certero en todas aquellas enfermedades relacionadas de uno u otro modo con el ADN (al nivel que sea: metagenómico, epigenómico, exómico, etc.).  Pero el análisis de los datos a nivel bioinformático requiere aún de la presencia de un especialista. ¿Prevé que en breve cambie esta situación y que el manejo de grandes secuencias se simplifique hasta el punto de casi poder ser manipuladas por usuarios ajenos al mundo de la biología molecular?

CLO. El progreso de la informática en el ámbito de la Biología y de la Medicina es abrumador, y se avanza hacia el desarrollo de métodos que faciliten la interpretación del lenguaje genómico para cualquiera que tenga un mínimo de formación y curiosidad sobre estos temas. Sin embargo, es muy cierto que hoy, todavía es necesaria esa mirada humana que, apoyada en la experiencia y en la intuición, sirve para navegar en la complejidad de un genoma e interpretar la avalancha de  datos que nos ofrecen las técnicas de secuenciación masiva de ácidos nucleicos. En España hay todavía muy pocos expertos en estas tareas, así que habrá que tener paciencia y formar especialistas en estas nuevas disciplinas para no quedarnos atrás en la nueva era genómica que ya se ha instalado entre nosotros.  

 
JAG. Cambiemos de tercio. Quisiera ahora preguntarle por los premios y la ciencia. Personalmente considero que la divulgación es una obligación para el científico por dos motivos: primero, porque la mayoría de lo que se hace –al menos en nuestro país– se hace con dinero público. Una especie de “rendición de cuentas”; y, segundo, porque es una manera de acercar la ciencia a la sociedad. Pero al hilo de esto segundo, los premios concedidos a los científicos poseen la doble capacidad de acercar al ciudadano de la calle el conocimiento adquirido en el laboratorio y alejarlo del que lo consigue. Y digo esto porque cada uno de estos premios va cargado también con cierta sobredosis de vanidad. Es decir, el aura del científico reconocido puede convertirlo en una suerte de celebrity. ¿Cómo vive todo esto alguien como usted, a quien sólo le falta recibir el Príncipe de Asturias (aunque ya ha sido considerado en varias ocasiones como candidato) y el Nobel?

CLO. Los premios no son, ni serán nunca, el objetivo de nuestro laboratorio, pero se agradecen infinitamente cuando se reciben porque proporcionan un estímulo importante para continuar nuestro trabajo de investigación científica. Además, nos han otorgado una visibilidad en positivo, ya que han ayudado a difundir la idea de que desde una Universidad de la periferia española se pueden desarrollar trabajos en campos científicos complejos y competitivos, y publicar artículos en revistas del máximo impacto, de los que muchos nunca hubieran tenido noticia si no se hubieran diseminado a través de los medios de comunicación. En cualquier caso el mejor premio para un científico, y al menos en mi caso es el único al que aspiro, es el aprecio de sus discípulos y el respeto de sus colegas.    

 
JAG. Según los datos macroeconómicos presentados por el Gobierno de España, la crisis se está empezando a diluir. Pero en el ámbito científico esa supuesta mejora no ha tenido ninguna consecuencia positiva. ¿Cuál es su percepción respecto al estado de la ciencia en nuestro país? ¿Es posible que hayamos perdido un tiempo y una generación a la que no volvamos a recuperar?  ¿Cuál considera que tiene que ser la vía a seguir en cuanto a inversión en I+D+i se refiere?

CLO. Creo que mis reflexiones en torno a esta pregunta son ampliamente conocidas, las repito cada vez que tengo oportunidad, y las he puesto por escrito en un artículo titulado La Ciencia y la sonrisa de Sísifo, que se publicó en la revista de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (http://www.sebbm.com/revista/articulo.asp?id=10050&catgrupo=268&tipocom=24). Sólo cabe insistir en que un país sin Ciencia es un país sin futuro y sin influencia. Recuerdo siempre también que no son sólo los políticos sino la sociedad española en su conjunto la que no ha situado nunca el estudio, la cultura y la investigación científica entre sus actividades prioritarias. Pero hoy, como dijo el gran César Vallejo “voy a hablar de la esperanza”, y no puedo dejar de pensar que, tarde o temprano, se impondrá la idea de que la Ciencia no solo desteje el arco iris, sino que es todavía el mejor instrumento inventado por el hombre para mejorar el mundo y nuestra propia vida.

 
 JAG. Por último, le pedimos una recomendación. ¿Podría aconsejarnos algún libro, científico o no, de imprescindible lectura? Y una curiosidad. ¿Es cierto que tiene un ejemplar de Cien años de soledad, firmado por García Márquez, en el que se encuentra tachado “soledad” y sobreescrito “felicidad”?

CLO. No recuerdo un solo día de mi vida sin haber leído, por eso, hay tantos imprescindibles en mi lista de libros que no cabrían en unas pocas páginas; invocando la memoria del gran Ireneo Funes, en primer lugar escogería la obra de Borges en su conjunto, que he leído y releído en distintas etapas de mi vida y siempre he encontrado nuevas ideas y nuevas perspectivas, añadiría muchos libros de Saramago incluyendo Ensayo sobre la ceguera, novelas históricas y a la vez fantásticas de Mújica Laínez como El unicornio o Bomarzo, la poesía de Cernuda o de Francisco Brines, los cuentos y relatos breves de Eduardo Galeano, el trabajo de brillantes representantes de una nueva generación de escritores como el asturiano Ricardo Menéndez Salmón y, por supuesto, Cien años de soledad como el mejor ejemplo de literatura que “alumbra los territorios más oscuros de la imaginación”. Y sí, ese ejemplar del libro con una dedicatoria tan entrañable, representa uno de los pocos bienes materiales a los que tengo un verdadero aprecio.       

 
JAG. Muchísimas gracias. Ha sido un auténtico placer.

CLO. Gracias a ti por tu interés en nuestro trabajo